Materia y Silencio: El legado de Antoni Tàpies en mi pintura
"Materia y Silencio" ¿Te has quedado alguna vez sin palabras delante de un cuadro? A mí me pasó con Antoni Tàpies. En este artículo te cuento, de tú a tú, cómo sus paredes llenas de arena y sus incisiones me enseñaron a amar la imperfección, y cómo esa misma búsqueda define los relieves y las texturas de mis propias obras. Una charla cercana sobre los fundamentos del expresionismo matérico.
Aún me acuerdo de la primera vez que estuve cara a cara con un cuadro de Antoni Tàpies en un museo. No era la típica pintura bonita, ordenada y agradable a la vista que uno espera encontrarse en una galería. De hecho, parecía más bien una pared vieja y desgastada, llena de arena compacta, rayones violentos y marcas profundas que parecían auténticas cicatrices. Al principio te choca, pero si te quedas un rato mirándolo en silencio, algo dentro de ti hace clic. Tàpies me enseñó que un lienzo no tiene por qué ser una ventana ficticia hacia un paisaje perfecto, sino un trozo de vida real: con sus golpes, sus texturas ásperas y sus arrugas. Frente a sus obras entendí que pintar no es dibujar algo decorativo, sino crear un objeto con cuerpo, peso y alma en sí mismo.
Aún me acuerdo de la primera vez que estuve cara a cara con un cuadro de Antoni Tàpies. Una obra de arte no tiene que ser un simple adorno bonito para el salón; tiene que ser un lugar donde encontrarnos con nuestras propias cicatrices y preguntas.
/ G. M. Lianes
Pintar con volumen: cuando el cuadro sale del lienzo
Si has tenido la oportunidad de ver mis obras en persona, como Piel de la Tierra o Estratigrafía del Grito, habrás notado que tienen mucho volumen, casi como si fueran esculturas planas. Eso se lo debo directamente a esa forma de entender el arte que tenía Tàpies. En mi taller no me conformo con usar pinceles; me encanta jugar y mezclar acrílicos muy espesos con polvo de piedra y pigmentos puros sobre papel Kraft grueso. No lo hago para impresionar, sino para que sientas la presencia real de la tierra bajo tus dedos. Al final, dejo que el agua y el calor del secado hagan su magia y creen grietas naturales en la superficie. Es un accidente controlado que hace que cada obra sea única y te invite a tocarla con los ojos.
Exhibición de «Estratigrafía del Grito» de G. M. Lianes en la sala principal de la galería, destacando su relieve matérico bajo una abundante luz natural.
Marcas, cruces e hilos: la belleza de lo imperfecto
Seguramente habrás visto que Tàpies pintaba muchas cruces, letras X o tachaduras sobre sus muros de pintura. No eran garabatos hechos al azar, sino su forma de dejar huella, de decir "yo estuve aquí" o de poner orden en el caos de la vida cotidiana. A mí me pasa algo muy parecido cuando trabajo con las costuras en la serie Suturas del Azar. Hacer incisiones rápidas en la pintura fresca o coser directamente el soporte con hilo no son solo técnicas de taller; son gestos sumamente humanos para reparar y unir lo que a veces se siente roto. Cada surco y cada hilo tenso es como una cicatriz que cuenta una historia de superación y le da voz a nuestro propio silencio.
Perspectiva de la obra «Sismografía del Desborde» expuesta de forma íntegra en la sala de luz natural cenital de la galería contemporánea.
Aprender a valorar lo sencillo y lo frágil
Tàpies tenía una sensibilidad increíble para lo sencillo. Nos enseñó que no hace falta usar materiales caros ni colores muy llamativos para emocionar de verdad. Un trozo de cartón viejo, una mancha de agua fortuita o un papel Kraft arrugado pueden transmitir mucha más verdad y sentimiento que un óleo perfectamente pulido. En mis relieves abstractos y mis representaciones marinas busco ese mismo refugio. Las imperfecciones o las marcas del agua no son errores que intento ocultar, sino todo lo contrario: son la prueba de que lo frágil y lo natural tienen una belleza noble, humilde e insustituible.
Un eco que sigue vivo en el taller
Para mí, recordar a Antoni Tàpies no es copiar sus cuadros ni imitar sus formas, sino heredar su valentía. Es atreverme a pintar desde el estómago, aceptando el caos y valorando la sencillez de los materiales cotidianos. Al final del día, el lienzo y el papel Kraft son solo soportes efímeros que el tiempo terminará por desgastar. Lo que verdaderamente permanece es la fuerza de nuestro gesto, la emoción pura del proceso y ese instante de conexión silenciosa que se crea entre la obra y tú.